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UN MUNDO MÁS SENSIBLE

Un mundo más sensible

Nos olvidamos de que nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, 
nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”
Catón

Corren tiempos de hiperactividad. Se estimula la acción, el no parar ni un instante desde la misma infancia e incluso hasta la vejez, con lo que desde las instituciones para el bienestar social denominan como “envejecimiento activo”, cuando parece más bien un envejecimiento hiperactivo.

La exigencia de nuestra sociedad actual es hacer, hacer y hacer, hasta la extenuación. Correr, correr y correr hasta el agotamiento. Acumular, acumular y acumular hasta reventar.

La competitividad y el éxito son valores predominantes. Se hace un culto extremo a la capacidad de rendir donde cada uno de nosotros solo vale en función de su resultado. Nos convertimos en nuestros propios verdugos si los resultados no alcanzan las expectativas; la autoexigencia, la autodestructividad y la culpabilización se apoderan de nuestro mundo interno, del que tratamos de huir a toda costa por temor a no hallar más que reproches e insatisfacción.

Y entre tanto hacer, correr, y exigirnos, nos alejamos más y más de nuestra esencia. Huimos del silencio, del vacío, de la calma, de la contemplación, del sentir y del sabernos parte de algo más grande. Confundimos el ser con el hacer, a pesar de que, como le escuché una a vez a mi amiga y compañera Ana Laan, “no seamos haceres humanos, sino seres humanos”.

En este contexto olvidamos que solo tolerando el aburrimiento y el vacío seremos capaces de crear algo nuevo. Ocupados siempre en perseguir un objetivo, descuidamos el placer de hacer sin más. De vivir fluyendo sin esperar nada a cambio. Por ejemplo, nos olvidamos de bailar, un movimiento que se sustrae completamente al principio del rendimiento.

Sabemos tener y hacer, pero no sabemos simplemente ser.

En este clima donde no cabe el placer sosegado, se imposibilita la expresión auténtica de las emociones, el natural fluir de nuestra alma con las vivencias existenciales. De este modo, la alegría se convierte en una nueva exigencia, una mueca exagerada, una pantomima vacía de sentimiento; mientras que el miedo, la tristeza y la rabia son tildadas como negatividad y censuradas. Aparece entonces la depresión, que no es más que la manifestación de la lucha del alma por manifestarse
cuando no puede hacerlo.

Necesitamos recuperar la conexión con nosotras mismas y con ese algo más grande al que pertenecemos. Perderle el miedo al no hacer nada para lograr un objetivo. Encontrar en el silencio un espacio de encuentro, enriquecimiento y creatividad. Devolvernos la libertad para ser y sentir; también para expresar y compartir. Sin juicios ni consejos. Desde el respeto a quien soy.  Cultivar la sensibilidad y apreciarla. 

Porque es desde esta recuperación y cultivo de valores en mí misma como puedo transformarme y transformar mi entorno. Y porque creo posible hacer de éste un mundo más sensible.

Autoexigencia, Psicoterapia, Reconexión, Sensibilidad